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12 de diciembre de 2011

-Si jo ara et preguntés què significo per a tu, què em respondries?
-...
-Em diries alguna cosa semblant a "el que és blanc no pot ser negre"?
-(Mormolant) És una molt bona resposta...
-...
-...
-Merda. Vaig a fer la redacció. La titularé "Totes les dones són maques a la seva manera".

(Fa dos dibuixos. Un, Dona africana, és bàsicament un esquelet amb cabell i roba. L'altre, Bruixa, mostra només la cara blava d'una dona vella.)

-Has mirat el que hi ha a la pissarra?
-No. Ara ho faig.

(... Tiens, Juliette...)


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Scumbag brain, ¿por qué me haces tener un sueño (en general) tan poco reconfortante, y unos sueños (en concreto) tan bizarros? ¿Qué pasa, que una ya no puede pasarse la noche pensando y tener un día de mierda sin que ello repercuta en sus sueños?

8 de mayo de 2011

Fragile Dreams

Resulta que estava a la meva casa del poble, i sortia al jardí, però no hi havia jardí. Tota la zona on hi hauria d'haver la gespa, els arbres, el garatge, etc. estava plena d'aigua, com si hi hagués un llac. Les aigües eren molt tèrboles. M'hi fixava, i hi havia sis putos cocodrils enormes a l'aigua.

Joder.

A casa només hi érem la meva àvia i jo (?), i ella em deia que anés amb compte, que en qualsevol moment els cocodrils es despertarien i voldrien entrar a casa.

Al cap d'uns minuts, efectivament, començàvem a veure com avançaven lentament cap a la porta. Recordo uns minuts de forcejament, el morro d'un dels cocodrils sobresortint per l'escletxa de la porta, la meva àvia i jo desesperades intentant tancar-la. Jo al final li clavava alguna cosa al morro, tancàvem la porta.

Llavors decidíem posar uns altaveus al jardí amb música que no agradés als cocodrils, perquè no tornessin a entrar. Slipknot. Lol.

17 de enero de 2011

Endzeit

Conocí a Vincent un día cualquiera, debido a una gran casualidad. Sonará a tópico, pero al hablarle sentí como si ya nos conociéramos de toda la vida. Él tenía los ojos azules y la piel pálida. Sus rasgos finos y su nariz recta le otorgaban un semblante algo maquiavélico pero muy atractivo. Él me contó que había nacido en Londres (¡no se le notaba nada en el acento!) y había venido a España hacía unos diez años. Tenía una hija de once que se llamaba Noelle. Acabábamos de conocernos, por eso no me atreví a preguntarle por su mujer. Él rehuía el tema, así que supuse que habría fallecido. Yo le conté que mi vida tampoco había sido fácil. No pude remediarlo: al sincerarme con él sobre la reciente desaparición de mi hermana me deshice en lágrimas. Le pedí perdón entre sollozos, probablemente en ese momento debía estar bastante desconcertado ante aquella desconocida que lloraba sin parar. Sin embargo, para mi asombro, él me abrazó sin decir una palabra. Sin saber muy bien qué hacer, correspondí a su abrazo rodeando su espalda con mis brazos.

A partir de entonces todo fue muy deprisa. Durante los días siguientes nos vimos a todas horas. En menos de una semana había conocido a su hija y me había ido a vivir a su casa. Mis padres no daban crédito, y de hecho yo tampoco. Pero lo que yo no podía creerme era que por fin tuviera una historia de amor de verdad. A mí el hecho de que nos hubiéramos dado tanta prisa en empezar una vida juntos me parecía de lo más natural. Si él me quería y yo le quería, no había tiempo que perder. “Carpe diem”, decía él. Carpe diem... En mi vida me había sentido tan feliz.

Vincent y yo salíamos cada día. Íbamos a conciertos, a teatros y al cine. Por la tarde íbamos a buscar a Noelle a la ludoteca a la que la llevábamos esos días de verano para que no se aburriera. Cada noche, Vincent me hacía el amor de la manera más dulce que jamás he experimentado.

La casa de Vincent era grande y espaciosa. Tenía dos baños, dos habitaciones, la cocina, el salón, y... Bueno, había una habitación en la que nunca había entrado. Casi nunca estábamos en casa, y cuando estábamos nos preocupábamos más de otras cosas que no tenían nada que ver con esa habitación misteriosa. Yo estaba siempre con Vincent, así que tampoco tuve la oportunidad de entrar yo sola. Al rememorar el primer día que visité su casa, recordé cómo él me había enseñado todas las habitaciones y había pasado de largo de esa. De todos modos era algo que a mí jamás me había parecido sospechoso, la puerta de ese cuarto estaba siempre entreabierta, nunca cerrada o bajo llave, lo cual me daba un voto de confianza. No quería traicionar ese pacto silencioso que habíamos hecho. Vincent siempre había sido muy reservado respecto a algunos temas... Creí que esa habitación habría sido de su mujer anterior. No obstante, un día mi curiosidad me pudo, y le pregunté por ella.

–Ah, querida –me encandilaba su amanerada forma de hablar–. Empezaba a parecerme raro que no me hablases de ello... Es una sorpresa que te tengo reservada.

Mi rostro se iluminó con una sonrisa. ¿Sería otra habitación para un futuro hijo nuestro? ¿Una sala que estaba preparando para que pudiera pintar mis cuadros? Él sabía que me encantaba y que no tenía espacio para hacerlo. ¿Un rinconcito íntimo para que pudiéramos ver las películas en la lista de “100 películas que ver antes de morir” que habíamos elaborado juntos? ¿O tal vez un nuevo baño con una bañera de hidromasaje...?

–Vincent, por favor, dime qué es... –me arrimé a él, coqueta.

–La verdad es que ya la tengo casi acabada. De hecho, para mañana estará lista. Tengo una idea: mañana, en cuanto me marche a llevar a Noelle a la ludoteca, te despertaré con un beso. Te levantarás, tomarás un buen desayuno y te darás un baño relajante. Entonces ve a la habitación, ponte cómoda y espera hasta que vuelva. Espero que lo que te he preparado sea de tu agrado.

Al día siguiente me desperté e hice lo que Vincent me había dicho. Al llegar a la puerta de la habitación misteriosa me sentí nerviosa, emocionada. Respiré hondo y abrí la puerta del todo. Estaba completamente a oscuras. Extendí una mano y palpé la pared hasta toparme con el interruptor, y lo encendí.

En el techo un fluorescente se encendió después de parpadear unos segundos, emitiendo su característico zumbido, bañando la habitación con su luz blanca y artificial. Sentí frío. Me sorprendió lo mucho que desentonaba esa sala respecto al resto de la casa. Sus paredes estaban absolutamente desnudas, no tenían ventanas, no estaban enyesadas, pintadas o empapeladas. El suelo no estaba embaldosado ni entarimado con parqué. En conjunto parecía el interior de una caja hecha de cemento. La sala era, además, enorme. Desde fuera no me habría imaginado nunca las dimensiones que tenía.

No había tampoco sillas, ni mesas, ni camas, ni bañeras, ni  ningún tipo de mueble. Había, sin embargo, una especie de aparato descomunal que ocupaba más de la mitad del espacio. Al principio no supe de qué se trataba. Constaba de cuatro plataformas metálicas de las cuales salían unos tubos hechos del mismo material. Estaban colocadas formando un cuadrado, cada plataforma era un vértice. De cada una de las cuatro cajas metálicas salía un poste cilíndrico de madera de unos dos metros de alto. Esa especie de mástiles giraban 90º al llegar a su punto más alto, constituyendo así la forma de una L boca abajo. Del extremo de los postes colgaba una cadena que acababa en lo que parecía ser un collar de hierro. Los cuatro mástiles de madera estaban unidos entre sí mediante otros soportes de madera llenos de ganchos, formando una gran X justo en el centro de la habitación.

Me llevé una mano a la boca.

–Oh, dios...

Era una horca. Es más, eran cuatro horcas. No podía creérmelo. No podía explicármelo. ¿Para qué necesitaba Vincent una artefacto para matar? No, tenía que ser todo una broma... Una broma macabra y grotesca.

De repente, rompiendo el frágil silencio que se había formado, oí el sonido de una pistola siendo cargada. Pero había oído cómo Vincent y Noelle se marchaban, ¿quién sería el propietario del arma? Al girarme vi a Noelle, que agarraba el revólver con firmeza y convicción, sin vacilar, apuntándome con el cañón.

–Noelle... ¿Qué haces...? ¿Dónde está Vincent? –me sentí la persona más estúpida del mundo al pronunciar esas palabras.

La niña ni siquiera parpadeó.

–Papi me ha dicho que no deje que te vayas de casa.

En ese momento lo comprendí. Vincent nunca había tratado a su hija como tal. La había entrenado, la había adiestrado como si fuera un perro. Lo tenía todo planeado...

–Noelle... Escucha, no hagas ninguna tontería... Tu padre... Mira, si vamos ahora a la policía no ocurrirá nada malo, pero si haces lo que él te ha dicho tendrás problemas, ¿me entiendes...?

Noelle entrecerró los ojos y me miró fijamente. Seguramente recordó que ella y yo habíamos tenido momentos muy agradables juntas, habíamos jugado y habíamos reído casi como madre e hija.

–Vamos... –susurré– Deja la pistola en el suelo, cielo...

Para mi total sorpresa, lo hizo. Yo me acerqué lentamente a ella. Me agaché para recoger el arma. Justo en el momento en que me despisté y dejé de mirarla a los ojos, ella me empujó al suelo, cogió el revólver y me disparó. Cuatro veces. En el culo.

Proferí un grito animal. Las cuatro balas se habían alojado en mi nalga derecha. Noté cómo se me descolgaba un trozo de carne. Sentí un escozor extremo, y al palparme la zona mi mano quedó empapada de sangre.

–¡JODER! –volví a gritar. Me levanté del suelo como pude–. Noelle... Por favor... Déjame llamar a una ambulancia...

Se lo estaba suplicando. Le estaba suplicando a una niña. Ella se dirigió a mí con indiferencia:

–Está bien. Papi me dijo que podías hacerlo.

Abrí mucho los ojos. No entendía nada de nada. Aún así no iba a cuestionarla, así que salí de la sala de la horca cojeando, siempre con Noelle apuntándome por si me daba por escaparme, y me dirigí al salón, donde estaba el teléfono. Lo descolgué. Uno uno dos. Bip... Bip... Bip... ¿No lo cogían? No lo entendía, tratándose del teléfono de emergencias... A lo mejor en ese momento no tenía acceso a ese número, por algún motivo. Probé con otro. Cero seis uno. Bip... Bip... Bip... No podía ser, algo iba mal... De repente lo entendí. Vincent había cortado toda la comunicación con los principales teléfonos de emergencia, por eso le había dicho a Noelle que me diera permiso para poder llamar: porque no iba a servir de nada. Probé llamando a mi casa. También había cortado esa comunicación. Colgué, consternada. En ese preciso momento sentí una de las sensaciones más horribles del mundo: la de ser terriblemente consciente de que vas a morir.

Al volverme para mirar a Noelle, ella me dedicó su mejor sonrisa. Las heridas de la bala seguían induciéndome un dolor atroz. En ese momento de desesperación, me agarré la cabeza con las manos y entre gimoteos me dirigí de nuevo hacia la habitación donde estaba la horca.

–Papi me dijo que puedes mirar –señaló Noelle.

–¿Mirar? –eso me había confundido– ¿Mirar... qué?

Noelle se encogió de hombros con su sonrisa más inocente, revólver en mano. Todavía con el trasero goteando sangre, me acerqué sin saber por qué a una de las cuatro horcas. Me di cuenta de que no entendía bien para qué servían las cuatro plataformas metálicas que las sustentaban. ¿Por qué eran tan grandes? ¿Y por qué salía un tubo metálico de cada una? Descubrí unas pequeñas bisagras en la cara superior de la caja metálica. Había una pequeña puerta que podía abrirse. “Papi me dijo que puedes mirar”. La abrí. Dentro descubrí un mecanismo extraño, lleno de ejes, sierras y discos afilados. También había restos de sangre y carne. Una trituradora. Me recorrió un escalofrío. “Papi me dijo que puedes mirar”... Me dirigí hacia otra de las horcas, temblando, y levanté la tapa aparato. Y entonces lo vi.

El cadáver de mi hermana. Estaba algo podrido y descompuesto, y de hecho sólo era medio cadáver: de cintura para abajo, aquél cuerpo había sido desmenuzado. Vincent había matado a mi hermana y se había comido la mitad de ella. Intenté reprimir las náuseas... sin mucho éxito. Me dirigí corriendo como pude a un rincón y lo eché todo. Acababa de encontrar la última pieza del rompecabezas. Todo tenía sentido. La “gran casualidad” que me había hecho conocer a Vincent estaba planeada de antemano. Todo era un proyecto perfectamente trazado e ideado. Todo. La casa, la horca, Noelle, mi hermana.

En ese momento algo hizo clic dentro de mi cabeza. De repente vi la luz, era algo en lo que Vincent seguramente no habría reparado, un punto flaco a mi favor. Me dirigí hacia el teléfono de nuevo, precipitadamente. Tenía miedo, pero aquella era mi última oportunidad. Cero ocho ocho. Bip...

Mossos d'Esquadra, digui'm.

Estaba aterrorizada. No podía explicárselo todo. Decidí que iba a decirle lo más importante. Sorprendentemente, a pesar de mi respiración entrecortada, mi voz sonó serena al decir:

–Estoy en el número tres de la calle Argentona, piso segundo, puerta segunda.

Entonces Noelle cortó el cable del teléfono. Biiiiiiiiiip... Fue entonces cuando supe con certeza que ya no tenía ninguna esperanza. Empecé a oír unos pasos que se aproximaban desde fuera de la puerta principal de la casa, el sonido de unos pies ascendiendo por la escalera. Oí vagamente cómo Vincent tarareaba aquella canción tan odiosa que a él le gustaba tanto, mientras sacaba las llaves.

I shoot the lights out...

Yo seguía agarrando el teléfono, que insistía en su infinito “biiiiiiip”. Miraba la puerta fijamente, con una expresión lánguida de derrota y abatimiento. Ésta se abrió. Justo entonces una silenciosa lágrima resbaló por mi mejilla derecha.

23 de junio de 2010

Acabo de somiar que estava escoltant El món (a RAC 1) en directe, i entrevistaven al Jep Cabestany (?). Parlaven de que ja estaven penjades a internet les notes de la Selectivitat. Jo tota emocionada anava a mirar-ho (en un portàtil que havia aparegut de no sé on) i introduïa el meu DNI i tot en una web que no sé quina era... I veia les meves notes. Primer mirava un link on deia "Ho sentim però si vols entrar al pròxim curs a la universitat hauràs de presentar-te a la convocatòria extraordinària de setembre". En un altre link hi havia les meves notes.
-Català: 2
-Castellà: 4
-Anglès: 5
-Filosofia: (no me'n recordo)
-Llatí: 6
-Història de l'art: 9 (?)
Es veu que em donava una mitjana de suspès i havia de repetir... Sigui com sigui jo estava convençuda de que era dia 24, i que per tant les notes no havien d'estar penjades fins l'endemà. El cas és que durant l'entrevista al Jep (com no) feien broma i donaven a entendre que això de les notes de la selectivitat s'ho havien patillat. Quan acabava el programa m'acostava corrent a l'Òscar Dalmau i li deia:
-Òscar Dalmau, Òscar Dalmau, això de les notes de la selectivitat era cert?
-No, hem creat la pàgina web amb notes falses nosaltres mateixos.

I ja està.

Però ara estic cagadeta...

10 de mayo de 2009

Besa'm

«Es más fácil sacarse la carrera de biología que tocar un violín.» (Caesar dixit.)





Jo he somiat que havia de confessar alguna cosa que m'avergonyís, i deia: Li vaig pegar una bofetada a l'última persona que s'ho mereixia.

21 de febrero de 2009

String Quartet No. 19, "Dissonance"

Había dos mininutrias. Se llamaban thuins, o thoins, o thurns, o algo así. En la tienda había cuatro, dos en cada pecera, pero esas dos estaban en libertad. Era un lugar precioso, lleno de rocas, plantas y agua. Yo las cogía (vivirían en la pica de mi lavabo mientras no comprara una pecera grande y bonita), las cuidaba, les ponía agua (¡porque se acababa!) y jugaba con ellas. Eran un macho y una hembra. Yo les había puesto nombre, pero sólo recuerdo que uno de ellos empezaba por E, y el otro quizás por B, o por H. El caso es que al cabo de unos días de vivir en mi lavabo se les caía el pelo, se les habían cerrado los ojos, y ya no nadaban: se limitaban a flotar. Se estaban muriendo. Luego un día se transformaban en dos miniperros y fornicaban, pero luego volvían a volverse (?) dos mininutrias a punto de morirse. No recuerdo si finalmente morían o no.


El caso es que luego yo era Link. El protagonista de la saga The Legend of Zelda. Y yo recuerdo moverme por bosques, pero verlo todo como si estuviera dentro de una game boy. Recuerdo subrosios, trozos de mineral, y alguien que me mencionaba unas caracolas. Entonces llegaba a un lugar donde había una montaña de rocas enorme, que llegaba hasta donde alcanza la vista si miras hacia arriba. Allí había un hombre... pero era un hombre dibujado como en anime, no en formato Zelda-game boy. Él, gritando, me decía que los hombres que vivían allí estaban locos. ¿Por qué?, decía yo. Porque... mira allí. Yo miraba, y había un hombre en lo alto de la montaña de rocas (que, vete tú a saber por qué, la gente llamaba "La cascada", así que debía ser una cascada seca). El hombre de la cima decía algo así como ¡JAJAJAJA!. Se ve que había colocado explosivos en la cima. Los hacía explotar, y él seguía allí. Había una detonación que yo (Link) veía desde lejos. El hombre caía al vacío junto con algunas rocas, y yo lo veía caer, estrellarse contra el suelo, clavársele las rocas, destrozarse los huesos... Y la sangre era negra. También recuerdo ir a un lugar, mirar un mapa y pensar: Están atrapados, son jaulas... Son jaulas...


Luego era yo, y estaba en el instituto. Me había pasado algo, y lloraba mucho. Salía de una clase y me ponía delante de las taquillas. Entonces salía toda la gente de su clase, toda la gente de la escuela, y uno a uno se ponían delante de mí. Creo recordar que el primero era Pau Martínez. Y le pegaba un puñetazo. Los pegaba a todos, todos los que se ponían delante de mí, uno por uno. Y yo me sentía bien, hasta que aparecía un chico rubio de pelo rizado y ojos verdes que no conocía. Mi puñetazo se dirigía a sus ojos. Luego estaba bizco, me decía que había perdido la visión, yo me sentía mal y dejaba de pegar a la gente. Bajaba por las escaleras, estaba todo llenísimo de gente. Y aparecía "EL MALO", que iba vestido con ropa brillante, plateada y de muchos colores, pantalones acampanados y una capa; y no era Carles, pero a veces era Carles. A mí me daba mucho miedo, miedo de verdad, pero sólo cuando no era Carles (?). Me decía que había venido a raptar a mi hijo, que era una guitarra pequeña de plástico, las típicas para los niños pequeños. Entonces yo me resistía, pero él tenía ayudantes malvados, y yo decía: ¡Toma mi hijo! Y me daba asco, porque le estaba dando mi propio hijo. Pensé: una madre siempre defiende a su hijo, pase lo que pase. Entonces lloraba mucho y me ponía la mano en la boca. "EL MALO" iba a teletransportarse para desaparecer de allí, en pose de Superman volando, y yo me acercaba y tocaba a mi hijo. Lo que pasaba era bastante peculiar: el malo había desaparecido, pero sólo se había llevado un trozo de mi hijo. Yo tenía la caja de resonancia de la guitarra y el tenía las cuerdas, el clavijero y el mástil. Me guardaba mi trozo de hijo dentro de la camiseta. Salía de la Salle, y había obras y era difícil avanzar. Entonces el oh, venerable teloescondo me decía: Más te vale no pasar por allí. Y me iba, y lloraba, y mi hermana iba conmigo, y llegábamos a casa. Allí estaba "EL MALO", pero entonces era Carles, pero no era Carles, y se metía en la cama conmigo, y me tocaba la cintura, y yo me decía: Oh no, descubrirá que tengo un trozo de hijo. Y me iba a la cocina, y le decía al "MALO": Un segundo, voy a beber agua. Abría la nevera: quería guardar allí mi trozo de hijo. Justo cuando lo estaba guardando, aparecía Carles sin camiseta y me decía: De què vas.


Entonces estaba con Nerea, mi hermana y mi madre, en casa de Nerea. Habíamos quedado para ir a la playa. Nerea decía: Bueno, es que Romero no podrá venir. Y efectivamente, ahí estaba Manuel Romero, con pantalones cortos, diciendo con su voz y entonación características: No, no puedo ir a la playa. Nos poníamos un bañador, estábamos en el lavabo de Nerea, y yo cogía un espray dorado, y le decía: ¿Para qué sirve esto? Y decía que era para los dedos, y me ponía por la mano izquierda, que quedaba dorada y brillante. Yo me quería poner por el cuello y el pecho, pero me quedaba mal. Luego salíamos e íbamos al salón, donde aparecía una vecina de Nerea que tenía los ojos azules y decía: Ah, no sabía que tenías invitados. Pero luego se ve que me conocía a mí y a mi madre, y yo no me acordaba de ella, porque cuando la conocí era muy pequeña. Y me decía: Luego tienes que venir a vernos, a mí y a Cristian (yo no sabía quién era Cristian, pero según ella había sido mi amigo de la infancia).


















Eso es lo que pasa cuando te despiertas y te vuelves a dormir muchas veces.


Parecerá broma, pero os juro que no lo es. Me acuerdo de todo, hay detalles que no he mencionado.


Yo no lo entiendo. Y si no, que venga Freud y lo vea.

10 de enero de 2009

Sarabande / Arrepentimiento

Em faltava el peu esquerre, i me l'intentava cosir, però es podria, es podria. Parlàvem amb uns punkies a un carrer que semblava Tallers però no ho era. Només blau cel i el verd intens del prat. Hi havia un assassí, un rei despietat. Li fèiem una sorpresa al meu pare dins de la dutxa (però estàvem tots vestits, menys jo, crec), era molt estrany que hi capiguéssim els quatre... i una espècie de pel·lícula d'una substància negra se n'anava amb l'aigua, i deixava veure un dibuix que la meva germana havia fet de tots, i de Jesús, Josep i Maria (?).

Se n'anaven, i venies tu una altra vegada, no recordo quan havies marxat. Ens dutxàvem junts, rèiem, però no feiem res. Només ens dutxàvem...




I el meu pare no deixa de preguntar-me si em passa alguna cosa i si estic bé.



-Amanda, tu has perdut el clip aquell gegant...?

-Sí. (Gest de fàstic i veu arrogant, com dient: "Ja ve la imbècil aquesta a amargar-me la vida i restregar-me per la cara que perdo les coses i que costen diners i que sóc una inútil".)

-Ah. Doncs té, estava a la plaça Rovira...

(Moment de confusió per part de l'Amanda)

-Gràcies...