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21 de julio de 2012

Don't Stop

Placenta I
Placenta II
Placenta III
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Placenta IV

Furiosa, agarro las llaves . Al salir de casa, cierro con un portazo. Miro mi reloj de muñeca, y esta vez no me importa tener cuatro dedos en una mano y siete en la otra. Las manecillas marcan las siete y media de la mañana. Tampoco me preocupa el hecho de que cuando empezó mi sueño lúcido eran las seis de la tarde. Si no me doy prisa llegaré tarde al trabajo.

Siento la presencia de la niña detrás de mí en todo momento. No puedo verla, pero sé que está allí. Noto su aliento en mi espalda y sus cuencas en mi nuca. Intento ignorar la sensación desagradable que me provoca y convencerme de que en realidad no me importa que esté allí.

Al llegar a la parada del autobús, le pregunto al señor que está sentado pacientemente si hace mucho que espera. Acto seguido, si ve la niña que hay detrás de mí. Y luego, si esto es un sueño. Obtengo una respuesta negativa a las tres preguntas. Bueno, ya me lo esperaba. Consulto el reloj. Son las siete y cuarto de la mañana. Tengo dos y seis dedos.

El trayecto se me hace inusualmente largo. La niña siniestra juguetea con mi pelo de vez en cuando. Me hago un moño desordenado para que deje de hacerlo, pero nada más acabarlo me doy cuenta de que ha sido una mala idea. Ahora empieza a acariciarme la nuca lentamente, con sus deditos grisáceos y quebradizos. Trato de desatender la repugnancia que me provoca. Me siento muy incómoda. Empiezo a temblar de forma incosciente. Llego a la oficina puntualmente, a las cuatro menos cuarto de la tarde, con cinco, cinco y nueve dedos.

Allí todo está igual que siempre. Mis compañeros son los mismos, los saludo uno a uno y me reconocen. Mi jefe es el mismo, le pido disculpas por llegar ocho horas tarde al trabajo y me responde que no sabe de qué estoy hablando, si son las nueve en punto. Incluso la máquina de café es la misma, y el líquido que dispensa sigue teniendo un sabor igual de cuestionable. Todo es asquerosamente normal. Todo, excepto la niña, claro está. A lo mejor he terminado por volverme loca de verdad. A lo mejor no estoy soñando.

Llegados a cierto punto me pregunto por qué sigue allí. ¿Por qué merezco este castigo? ¿Qué he hecho? Y no dejo de darle vueltas a que esa niña no deja de ser mi reflejo. ¿Así es como me veo a mí misma? ¿De verdad? ¿Como un ser frágil pero amenazador?

Me sigue a todas partes. A la fotocopiadora, al lavabo, a la calle durante la pausa del cigarrillo. No lo aguanto. No soporto la frustración de sentirla justo detrás de mí y ser incapaz de verla o hacer algo para que deje de seguirme. Por un momento su vigía me recuerda a la que lleva a cabo Eurídice cuando Orfeo la rescata del inframundo. Orfeo no puede mirar hacia atrás, o Eurídice morirá para siempre. Él sabe que la tiene justo detrás, la nota, la siente, pero no puede mirarla. Reflexionando un poco, concluyo que estar muerto consiste justamente en eso. Los que se quedan sufren la frustración de saber que existes, y lo saben porque te han conocido y te han vivido, pero de repente, sin motivo alguno, son incapaces de verte.

Y así se suceden los días. Mi vida, tan monótona como siempre, sigue su curso. Voy al trabajo de lunes a viernes. La niña me mira desde el espejo cuando me lavo los dientes por las mañanas. Se pega a mi espalda durante todo el día, todos los días. Cuando duermo, se queda de pie al lado de mi cama y me observa. Nunca logro conciliar un sueño largo y reparador. Al despertar, lo primero que veo es su cara asomando por el marco de la cama. Mi reloj de muñeca ha dejado de funcionar, no tengo dedos, y el libro de mi mesilla de noche ha desaparecido. A veces giro la cabeza rápidamente para ver si puedo atisbar, ni que sea por una vez, su rostro de frente, pero nunca lo consigo. No estoy tranquila en ningún momento del día. Me salen ojeras, empalidezco, adelgazo. Estoy enferma. Mi jefe me otorga, preocupado, unos días de baja, y me sugiere suavemente que tal vez debería plantearme volver a ver a mi psicóloga.

3 de julio de 2012

Joseph Merrick

Placenta (I)
Placenta (II)

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Placenta (III)

Levanto pesadamente los párpados. Entonces se suceden unos pocos segundos en los que me encuentro totalmente confusa: ¿Dónde estoy? ¿Qué demonios acaba de pasar? ¿Sigo soñando? Me miro las manos. Cinco dedos en cada una. Abro el libro. «Y creyendo que quería jugar, lo empujó suavemente...» Sonrío aliviada.

Sólo ha sido un sueño, sigo en mi habitación. No ha pasado absolutamente nada desde que me he dormido, y lo más seguro es que nunca vuelva a tener un sueño lúcido si no es que lo he decidido de antemano. Chúpate esa, Irma.

La niña siniestra de mi reflejo no está por ningún lado, pero necesito cerciorarme de que de verdad no estoy soñando. Esta vez realmente me da igual volver a mirarme al espejo, ya me espero cualquier cosa, y después de lo sucedido ya he superado la visión grotesca de la niña. Si esto resulta ser otro sueño, volveré a dormirme. O a despertarme. Y así hasta que vuelva al mundo real. No será tan complicado. Me acerco cautelosamente al espejo.

Suspiro. Soy yo. Sólo yo. Me miro fijamente a los ojos, inspecciono cada centímetro de mi piel de cerca. Tengo el número correcto de ojos, orejas, dedos y demás. Esto no es un sueño... Me siento tan aliviada ahora mismo que me tomo la libertad de ignorar el escalofrío que me recorre la espalda. Me muevo tan sólo unos centímetros para arreglarme el pelo, todavía encarando el espejo, y ahí está ella. Justo detrás de mí, agarrándose la cara, gritando sin gritar y mirándome sin mirarme.

Esta vez ni chillo ni me asusto, me limito a desesperarme y proferir un sonido lastimero y patético. No entiendo nada de nada, ¿estoy soñando otra vez o me he vuelto definitivamente loca? Tengo que hacer algo para acabar con esto, cualquier cosa... Giro sobre mi eje para tratar de encarar a la niña y acabar con ella de una vez por todas. Y cuando me dispongo a agarrarla por su frágil cuello y sacudirla con todas mis fuerzas, me doy cuenta de que no está. Pero esta vez no volverá a engañarme, empiezo a comprender su juego. Ladeo la cabeza y, de reojo, la veo justo detrás de mí. ¿Cómo se ha movido tan rápidamente? ¿Cómo es posible que no lo haya visto? Me vuelvo a girar. No está. El espejo me muestra que vuelve a estar a mi espalda. Emito un gruñido de rabia. Comprendo entonces que no importa cuantas vueltas dé, ella siempre estará detrás de mí, como una sombra, silenciosa pero siempre presente.

Todo esto es culpa de Irma. Si no me hubiera propuesto probar esto con tanto entusiasmo ahora no me encontraría en esta situación. Seguro que sólo quería tratarme como a una cobaya y usarme para comprobar si este tipo de terapia podía funcionar. Seguro que sabía que esto iba a pasar desde el principio, y sólo me ha ayudado a hacerlo para que escarmentara de una vez. La odio tanto en estos momentos... Pero no pienso seguirle el juego.  Ni a ella, ni a la niña siniestra. No voy a comprobar si sigo en un sueño, no voy a tratar de despertarme abriendo y cerrando los ojos mientras digo una frase autosugestiva, no voy a dormirme de nuevo para ver si cuando despierto mi vida ha dejado de ser un sueño, no voy a seguir preguntándome qué es real y qué es tan sólo fruto de mi imaginación.

Furiosa, agarro las llaves . Al salir de casa, cierro con un portazo.

26 de junio de 2012

Dignity

Segunda parte de Placenta. Si no os habéis leído la primera difícilmente entenderéis de qué va todo esto, así que si no lo habéis hecho la podéis encontrar aquí. Si queréis, vaya.

Por cierto, el título del relato parece estar en castellano, pero en realidad está en catalán y se pronuncia [plasnta]. El título viene de una canción de Maria Coma:


 La canción en sí no tiene relación con el relato, lo que pasa es que la escuchaba contínuamente mientras escribía, y tiene justo la atmósfera misteriosa y siniestra que pretendo que tenga el relato. Supongo que si se escucha mientras se lee, ayuda.

En fin, que me critiquéis y todo eso. Y que se me dan fatal las descripciones, eso ya lo sé.

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Placenta (II)

Abro los ojos repentinamente.

«Nunca te mires a un espejo. Hay gente que no ha vuelto a despertarse, Emma...»

No puedo reprimir un grito. Vocifero. Vacío los pulmones.

La imagen que me devuelve el espejo de pared es terrorífica. No me reconozco en ninguno de los rasgos de la niña que hay frente a mí. Es pequeña y está esquelética. Tiene unos cuantos mechones de pelo negro repartidos por la cabeza, arbitraria y desordenadamente. Está desnuda, y se agarra la cara con ambas manos. Su piel es rugosa y de color grisáceo, como si fuera de piedra. Tiene el rostro descompuesto, desfigurado en una mueca grotesca, y la boca abierta, tan abierta que se diría que tiene mandíbula desencajada... Está gritando tanto como yo, pero no emite ningún sonido. ¿Y sus ojos? No tiene. Sólo las cuencas vacías, colmadas de sombras. Aun así, estoy segura de que me está mirando...

No puedo parar de gritar. Lo hago hasta que me quedo sin aire y sólo puedo respirar con fuerza, jadear y notar cómo el sudor frío resbala por mi sien. Corro de nuevo a la cama, me siento con la cara entre las piernas y me agarro la cabeza. Mientras intento acompasar de nuevo mi respiración, me digo a mí misma que no ha sido para tanto. Me he dado un buen susto, pero he conseguido escapar. Irma estaba exagerando.

Alzo la cabeza, algo más calmada, pero al hacerlo veo algo que me hiela la sangre. La niña ha salido del espejo y está justo enfrente de mí, gritando sin gritar y mirándome sin mirarme. Vuelvo a tener miedo... y ya no es por la niña y lo siniestra que me parece, sino porque me acabo de dar cuenta de que he dejado de controlar mi sueño. No quiero que esté aquí. Cierro los ojos e intento concentrarme en hacerla desaparecer. Los abro de nuevo, pero no da resultado. ¿Qué está pasando?

Esto no debería funcionar así... Irma no me había explicado nada de esto... De acuerdo, no me esperaba para nada que al mirarme en el espejo éste me devolviera una imagen tan aterradora, pero en el fondo creía que si esto pasaba no iba a ser nada, sólo un susto momentáneo. Yo esperaba que la niña desapareciera justo después de verla en el espejo. Como en las películas de miedo. La música se vuelve más densa y acelera para anticipar al público que algo horrible se avecina, la protagonista se enfrenta a una imagen macabra, grita, la audiencia se asusta, y acto seguido la imagen desaparece. El miedo dura un segundo, y luego la película continúa. Pero esto no es una puta película. No hay música de fondo, no hay espectadores, y la niña macabra no desaparece de mi vista por más que me asusto y grito.

Vuelvo a enterrar la cabeza entre las piernas y me mezo suavemente hacia delante y hacia atrás, respirando hondo y gimoteando en voz baja. Siento su presencia. Noto sus cuencas vacías clavándose en mi espalda, en mi nuca. Se me eriza el vello del cuerpo entero. Tal vez si me tranquilizo y espero un rato retomaré el control de mi sueño y podré abrir la ventana y echarme a volar...

Pero no funciona. No funciona, joder. Sigue delante de mí, y por más que la miro no me acostumbro a su mueca. De hecho, cada vez me asusta más. Empiezo a desesperarme. Ya no sé qué hacer...

De repente, una idea brillante. Si no puedo hacerla desaparecer de mi sueño, me despertaré y asunto resuelto. Eso es. Fácil y rápido.

«Es muy común que un sueño lúcido termine antes de lo que quisieras, y es inevitable, por más experiencia y control que tengas. Sin embargo, si en cualquier momento sientes que tu sueño no está yendo tal y como debería, puedes intentar cerrar los ojos con fuerza y abrirlos al cabo de unos segundos, mientras repites para ti misma alguna frase del tipo “se está mejor en casa que en ningún sitio”. Puede que te lleve unos cuantos intentos, pero al final abrirás los ojos de verdad y despertarás de tu sueño. Eso debería bastar.»

Lo intento. Lo intento varias veces. Lo intento durante por lo menos diez minutos, y cada una de las veces que abro los ojos con fuerza ella sigue ahí. No puedo más. Empiezo a llorar. Estoy exhausta. Me dejo caer sobre la cama, y justo antes de rendirme al cansancio un último pensamiento fugaz cruza mi mente: ¿puede uno dormirse estando dentro de un sueño...?

20 de junio de 2012

A Rancid Romance

Hola hola hola.

Como no tengo nada que hacer (juas), he decidido colgar aquí algo que empecé a escribir hace algún tiempo en Grenoble. Durante mi estancia allí me interesé (y obsesioné) mucho por un tema, y este fue el resultado.

Es un relato algo largo. De momento tiene 6 páginas en el Word, y no está acabado todavía. Lo aparqué en diciembre y no lo volví a tocar, aunque de vez en cuando pensaba en ello.

Y hace unos días tuve una especie de iluminación, y comprendí cuál quería que fuera el final y la moraleja.

Aun así, no estoy demasiado convencida (para variar). Lo que escribo no queda nunca tal y como lo había imaginado en mi cabeza.

Lo iré colgando por partes, de momento aquí tenéis la primera.

PD: ¿Es cosa de mi ordenamierder o las cursivas se ven fatal? Contádmelo en los comentarios PLS. Y ya que estáis criticadme un poco el relato.

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Placenta

«Me pediste una manera de evadirte. Me dijiste que querías volar, convertirte en un animal, divertirte sin dañar a nadie, hacer lo que te viniera en gana en un mundo en el que nadie fuera a impedírtelo. Tú misma me sugeriste tu diagnóstico, y eso dice mucho de ti. Proporcionarte una vía de escape que te ayude a huir de este mundo en el que no puedes ser feliz no aliviará tu condición mental, más bien lo contrario. Pero tengo la esperanza de que, si lo pruebas, por fin te darás cuenta de lo vacíos que están, en el fondo, tus deseos. Verás, esto no entra en mi campo de estudio, y tal vez no sea la más indicada para recomendártelo, pero ahí va: sueños lúcidos.»

Abro los ojos. Sigo en mi habitación. Mierda, llevo por lo menos veinte minutos intentándolo... He hecho todo lo que me dijo Irma, paso a paso, e incluso varias veces... Mejor será que lo deje por ahora. Tal vez no funcione conmigo. Mañana hablaré con ella de nuevo. Me acerco la muñeca a la cara para consultar la hora. Casi doy un bote. Tengo tres dedos en una mano y ocho en la otra.

«Es posible que, una vez te hayas dormido y haya empezado tu sueño, no seas capaz de discernirlo de la realidad. Como te he dicho, sólo estará pasando dentro de tu cabeza, pero lo sentirás tan vívido y real como tu vida. Si no estás segura de estar dentro de un sueño, tienes varios métodos para descubrirlo. El más usado es el de mirarse las manos. Cuando soñamos, tendemos a tener más o menos dedos de los que deberíamos. También puedes mirar un texto, apartar la mirada, y luego volverlo a mirar. Dicen que es bastante divertido...»

Cojo el libro que tengo al lado y lo abro por la última página.

«Y creyendo que quería jugar, lo empujó suavemente. Cayó al suelo. Estaba muerto.»

Desvío los ojos un instante a la pared, y vuelvo a mirar el libro.

«Y qemayó al sería jugarvte. mpenenue qudouj aba, lo e muercreyó suCuelo. Estato.»

Aparto la vista de nuevo.

«Y §嗰  дъгyл - д ɷɕالrه µ  族ъ вe₯ъ, 伊 ي abة. م  ن нъ Бо 語 ueук. даCu съ族o.»

Sonrío.

«Existe todavía otro sistema para saber si estás soñando, pero... ni se te ocurra probarlo. Me he informado, y es el único peligro que debes temer. Durante el proceso de inducción del sueño lúcido mediante el método WILD notarás algunas molestias: parálisis del sueño, vibraciones musculares, secuencias de ruido ensordecedor... No les hagas caso, son totalmente normales y no te harán daño. Pero escucha lo que te digo: jamás, mientras estés soñando, te mires en un espejo.»

Me levanto de la cama y giro para observar mi recreación mental de la habitación de nueve metros cuadrados en la que vivo. Es exactamente igual a la verdadera. Incluso el libro que he cogido antes es el mismo que estoy leyendo en el mundo real, y está encima de la misma mesita de noche-minibar.

Nunca me había sentido tan feliz. Estoy soñando, soy consciente de ello, y lo mejor de todo es que yo  controlo mi sueño. Puedo hacer lo que quiera. Puedo volar. Puedo convertirme en un gato. Puedo teletransportarme al interior de un volcán. Puedo vivir la historia de amor más bella jamás contada... y cumplir todas mis fantasías. Puedo ser quien siempre he querido ser. No existen leyes de ningún tipo. No puedo decepcionar a nadie. Sólo existo yo, y todo lo que pueda imaginarme... Estoy tan emocionada que no sé qué voy a hacer primero...

Me desplazo al lavabo que está justo al lado de la puerta de salida. Claro, podría saltar por la ventana, podría atravesar las paredes, pero no quiero anticipar nada. Agarro el pomo de la puerta. Estoy a punto de hacerlo girar, pero algo me llama... Giro la cabeza a la izquierda. Sé que ahí está el único espejo de la casa, pero desde mi posición no puedo mirarlo directamente. Claro... Estando aquí podría hacer cosas imposibles, pero me tienta la idea de desafiarme a mí misma y llevarle a la contraria a Irma, más que nada para demostrarle que sé más que ella. Porque soy mejor que ella, y no tiene derecho a decirme que no puedo ser feliz. Que “no sé ser feliz”. Zorra malfollada... Vamos, no me va a pasar nada por hacerlo. Su voz, más serena que nunca, resuena entre las paredes. “Jamás, mientras estés soñando, te mires en un espejo.”

«Y si lo haces, prepárate para saber cómo te ves a ti misma.»

Suelto el pomo lentamente, y me acerco al lavamanos con la vista al suelo. Al alzarla mantengo los ojos cerrados, me gusta esta expectación. No sé de qué habla esa imbécil de Irma. Yo tengo muy claro cómo me veo a mí misma. Sé cuáles son mis defectos, y creo que también sé distinguir mis virtudes. Me veo a mí misma igual que se ve todo el mundo. Claro que sí. En el espejo se verá mi reflejo, ni más ni menos, tal y como soy.

Abro los ojos repentinamente.

«Nunca te mires a un espejo. Hay gente que no ha vuelto a despertarse, Emma...»

5 de agosto de 2011

Memento Mori

No estoy demasiado segura de esto, pero allá va.

Oh, y la canción del título le viene la mar de bien...

No saquéis conclusiones precipitadas, que os veo.


Edit: Aunque resulta todavía más inquietante que poco rato después de colgar esto me haya llamado Marta (Machi), precisamente. Y no he llegado a cogerlo.

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És vuit de setembre. Agafo les crosses i surto de “casa” (no crec que el lloc on visc sigui digne d’un nom com “casa”). Tinc temps suficient com per arribar d’hora. Una reunió d’antics alumnes, després de vint anys... La veritat és que no sé si tinc ganes d’anar-hi, de veure’ls a tots un altre cop. Vaig perdre el contacte fa temps amb la majoria de la gent que anava al meu curs. Però vull saber si treballen i si tenen una bona feina, si s’han casat o tenen fills... I, sobretot, saber què van fer durant la guerra de fa quinze anys, o si els atemptats d’últimament els han afectat, d’una o altra manera. Però tot i aquesta curiositat morbosa que m'empeny a assistir a la reunió, persisteix la por d'haver de reconèixer davant de tots el que m’ha passat a mi, el que he estat fent durant aquests vint anys.

Arribo d'hora. No estic nerviosa. L’esdeveniment es celebra al pati de l’escola, avui fa calor i s’hi està bé, a fora. Està tot decorat i hi ha una taula llarga plena de coses per picar. Encara no ha arribat ningú. En mirar al meu voltant descobreixo records amagats a tots els racons del pati. «Hi havia una vegada, en una escola molt llunyana, amb uns professors molt malvats, un grup de noies que no brillaven pel que brillava la resta. El seu final encara no està escrit.»

La Cristina Susín deu estar molt enfeinada, fent de presidenta del govern. La situació política actual no li permet gaudir de cap instant de temps lliure. Tots els que coneixem la Cris sabem que és la persona més indecisa del món, i per això quan va estar-se uns anys canviant de carrera sense saber què fer ningú s’imaginava que acabaria tenint un càrrec polític tan important. La primera dona presidenta, i la més jove de la història. No obstant això, jo ja sospitava que, fes el que fes, la Cris acabaria tallant el bacallà. El que em va sobtar va ser que acabés tallant el bacallà de tot un país. Jo no la vaig votar.

La Mireia Ramos treballa en un laboratori, nosequè d'investigació, nosequè de recerca. M'ho va explicar fa molt de temps i no ho vaig acabar d'entendre. El cas és que fa el que vol fer i li va molt bé. A més d'això, la Mire ha saltat a la fama amb el seu grup de deathcore, els Killing Knives. La versió que van fer de Boig per tu amb veus guturals va tenir molt bona acceptació a l'escena del metal català.

La Marta Abad, simplement, un dia va deixar de trucar. L'última notícia que vaig tenir d'ella em va arribar en forma de postal, des de Düsseldorf, ara ja fa deu anys. Sembla que la Machi finalment va acabar fent de metge i ajudant a les víctimes de la posguerra.

A la Marta Rakosnik li vaig començar a perdre la pista poc després d'acabar el batxillerat. Segurament hagi acabat fent de mestra tal i com ella volia. Si jo tingués un fill li confiaria la seva educació, ho tinc molt clar. Bé, potser el meu fill acabaria dient coses com ara “copo de puño” o “genollo”, però dubto que trobés algú millor per ensenyar-li a ser bona persona.

La Sara Garzón va ser l'última persona en desaparèixer de la meva vida. A diferència de mi, va aconseguir acabar la carrera. Després es va treure el màster i es va animar a fer una espècie de grau en fotografia. No sé si ha acabat de compaginar les seves dues grans passions, però com a mínim com a traductora li ha anat molt bé. Crec que avui no vindrà perquè havia d'assistir a la presentació de l'últim llibre que ha traduït, que després de l'èxit rotund que va tenir el seu encàrrec anterior és una de les novetats més esperades a les llibreries. No és normal que el traductor tingui gairebé tanta fama com l'autor original, però és que ella és impecable. Em fa molta enveja. Jo em compraria els llibres que tradueix... si els pogués pagar.

No puc evitar adonar-me, un cop més, que totes elles, les meves úniques amigues, han tingut èxit en tot el que van escollir. I aquí estic jo, enfonsada fins als genolls en la misèria i la merda que m'envolta, i el pitjor de tot és que m'ho he buscat jo sola. Vaig anar abandonant els meus somnis un a un: no seré veterinària, no seré escriptora, no seré mestra, no seré violoncel·lista, no seré traductora. No? Doncs no seré res de res. Ni tan sols puc anar-me'n al Japó, com vaig prometre'm fa tants anys. Primer, perquè no tinc diners, i segon, perquè més que res, el Japó, com a lloc geogràfic, ja no existeix.

De sobte els meus ulls topen amb una figura que al començament m'és estranya. Han de passar uns segons fins que el reconec. Un professor. Té més arrugues, està més calb... però en el fons no ha canviat gens ni mica. Les salutacions no són gaire efusives. Em mira molt estranyat, segurament es pregunta per què tinc la cara plena de cicatrius i què se n’ha fet, de la meva cama dreta. Jo li trec importància al fet. Li pregunto on és tothom, li dic que ja sé que és una mica d’hora. Ell s’escura la gola, m’ho vol explicar tot detingudament.

Diu que els d'aquell grupet de nois de la classe van morir fa poc, en un accident. No sé per què, però ni em sorprèn, ni m’afecta. I la resta? Diu que també van morir. Cap d’ells va passar dels trenta. Em relata històries lacrimògenes sobre com aquell va acabar en el món de les drogues, aquella es va pensar que era el centre de l’univers i va acabar perdent-ho tot, aquell va assassinar aquell altre i després es va suïcidar, aquella va escollir la professió més antiga de la història de la humanitat i un bon dia la va escanyar un client... Les altres morts les relaciona amb la guerra, els bombardeigs o els atemptats. M’ho explica amb tot detall (hi ha molta sang). Mai m’ho hagués imaginat, tot això, quan fèiem classe de català. Em pregunta, com qui no vol la cosa, si me’n recordo, d’aquella redacció que vaig escriure, titulada “Així que passin vint anys”. Li dic que sí, i penso que llavors era molt ingènua, i reflexiono sobre les ximpleries que escrivia, imaginant-me amb una feina estable en allò que m'agradés, casada amb l’home de la meva vida i fins i tot amb un parell de fills.

Oh.

Aleshores riu i diu que era broma, que ningú s’ha mort. Gairebé somric. Molt típic d’ell, això de les bromes. Afegeix que el que passa és que ningú ha volgut venir. Tots estan a les seves cases acollidores, amb les seves meravelloses feines, amb els seus marits o dones, amb els seus fills... Tots tenen una vida perfecta. I tots han avisat a última hora. Han intentat contactar amb mi per dir-me que no vingués, però no han aconseguit localitzar-me. Normal. I sí, la reunió d’antics alumnes ha resultat ser un fracàs, però tothom està massa ocupat sent feliç.

I jo estic aquí parlant amb el meu ex professor i mirant una taula llarga i ben plena de coses per picar. Em pregunto quants dies deu fer que no menjo. Decideixo retirar-me amb una mica de dignitat i m’acomiado del professor. Surto de l’escola, i tot em recorda absurdament a quan tenia setze anys i travessava la mateixa porta, un vuit de setembre. Però estic tan embadalida que se m’oblida que, efectivament, és vuit de setembre, i ni tan sols veig venir l'ambulància que se m’acosta per la banda esquerra del carrer a tota velocitat.

31 de mayo de 2011

"I mil cops bona nit"

(Déu meu... Segurament ell no ho sap, però portava tota la nit esperant que fes això. Podria dir-se que aquest era el meu únic objectiu, que la resta no eren més que excuses. Que no tinc ganes de sortir, avui? Que no vull veure'l mai més? Ha! És que no m'ho crec ni jo. I ara he perdut el control per complet. No sé on acaben els seus llavis i comencen els meus. M'encanta el regust a cervesa de la seva llengua. De sobte s'atura, em mira als ulls amb una intensitat que gairebé m'espanta, i xiuxiueja...)

‒Tu creus que això està bé?

(Sé exactament per què m'ho pregunta. Crec que l'angoixa que “això” sigui el començament d'alguna cosa. Com si no li quedés cap mena d'esperança. Com si hagués perdut la fe en tot el que l'envolta. I jo ho respecto, però no acabo d'entendre una actitud tan il·lògica. És possible que el món l'hagi decebut, a tots ens ha decebut algun cop, però això no li dóna motius per... bah, és igual. En el fons tots dos tenim molt clar el que passa aquí. Jo sé que ell no em veu com a una deessa. Sé que no creu que la tènue corba que perfila el meu coll és tan sublim i delicada que l'ha d'haver dibuixat, per força, Da Vinci. Sé que no pensa, en veure'm caminar, que els meus passos eteris són harmoniosos com la coreografia d'una ballarina. Sé que no li semblo intel·ligent i carismàtica. I no passa res. Que ja som grandets, i podem ser sincers. Per això m'ha preguntat si això està bé, perquè em coneix massa i el que l'espanta sóc jo. Perquè jo sí que penso que ell és adorable, i fascinant, i perfecte.)

(Em somriu lànguidament i m'acarona la galta. Oh... No hauria d'haver-ho fet, això... L'atrec a mi agafant-lo pel clatell i l'obligo a besar-me de nou. Una de les seves mans comença a faltar-me al respecte sota la faldilla. M'estremeixo. Un sospir neix a la meva boca i mor a la seva. Els seus llavis descendeixen lentament al meu coll, tanco els ulls... I llavors penso que encara no li he donat cap resposta. De fet, és possible que “això” no estigui bé. Però a qui li importa?)

‒Si prefereixes que no signifiqui res, no significarà res.

(I seguirem comportant-nos com un parell d'imbècils.)

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“Mil cops dolenta, sense el teu delit”

(Merda, no hauria d'haver begut tant. El pitjor de tot és que sabia de bon començament que la nit acabaria així, i no he fet res per evitar-ho. Tot s'ha precipitat en el moment en què, mentre xerràvem, ella s'ha adonat que, en comptes de mirar-la als ulls, els meus es desviaven contínuament als seus llavis. I aleshores, no sé com, m'he trobat arrambant-la a la columna més allunyada de la gentada. En un moment de lucidesa, sento aquella veueta interior que em fa tant de fàstic i em fa preguntes de tan difícil resposta: Però què fas?! Para, para, para... Aconsegueixo deslliurar-me del magnetisme que emana el seu cos i li clavo la mirada com si la veiés per primer cop.)

‒Tu creus que això està bé?

(Per què he hagut d'engegar-ho tot a pastar fang? En aquest moment prenc absoluta consciència del que està passant, i em sento molt miserable. Jo... només vull que no sigui tot tan complicat. No vull fer-li mal, ni que es faci il·lusions. La veritat és que mai n'hem parlat, d'això, però d'alguna manera hem arribat a comprendre la situació i ens hem posat d'acord sense dir-nos res. A mi l'únic que em passa és que estic mort de por. I si estant amb ella fos feliç, més feliç que mai? I si un dia deixés de ser-ho? I si no tornés a ser mai tan feliç? No podria suportar-ho. Per això no vull dependre d'ella. No vull necessitar-la. Perquè no vull ser tan vulnerable. I tot i això... No ho sé. No vull haver de passar per una ruptura dolorosa, no vull afartar-me d'ella, deixar d'estimar-la, o estimar a una altra persona. No vull que llavors totes les promeses d'amor etern que ens vam fer siguin mentida, i que tots els records que m'evoquin la seva imatge siguin amargs, i no poder veure-la ni en pintura, i no aconseguir deixar de tenir-li rancúnia per més que ho intenti. Sóc un covard. I és per això que no em sento capaç de dir-li: Saps? Crec que m'estic enamorant de tu... No encara. Som massa joves per prendre'ns res seriosament...)

(M'aparto un moment per mirar-la de nou. Els ulls li brillen. He de fer un esforç per reprimir-me i no dir-li que està preciosa. Que és preciosa. El que no puc contenir, en acariciar-li la galta, és el somriure de beneit que se'm dibuixa als llavis. Però sembla que ella malinterpreta el meu gest, m'engrapa el coll i em besa en un rampell. Estic perdut. Gairebé sense adonar-me'n, la meva mà s'escola entre les seves cuixes. Sospira. Encara penedint-me, començo fer lliscar els meus llavis pel seu coll. I ja fa estona que la veueta interior ha deixat de molestar-me. Ara només la sento a ella. Ho diu molt a poc a poc: la sentència final.)

‒Si prefereixes que no signifiqui res, no significarà res.

(Merda.)

29 de abril de 2011

Ever

Crisálida

*

26 de febrero de 2011

On The Nature of Daylight / This Bitter Earth

En aquell precís moment, tot meravellant-se de l’immens bosc d’oms que s'estenia davant seu, el Bernat es va sentir desgraciat. Li aparegué a la ment la imatge de l’Antònia: "Bernat, ets un inútil", li deia arrossegant el seu accent mallorquí. Sí que ho era, sí. Mirà ara al terra, i somrigué melangiosament en veure que era ple de flors. "Què bonic", va dir-se. En va collir una i es va prometre que li donaria a l’Antònia quan la tornés a veure, encara que faltessin mesos.

¡Bueno! –va cridar–. ¡Empezamos ya! Dad la orden. Dentro de tres horas no debe quedar ningún árbol, ¿de acuerdo? Ninguno. Que esta vez no podemos retrasarnos ni un minuto en el envío...

La multitud de treballadors que estava al seu càrrec va assentir. Veient-los muntar les seves bèsties de ferro per tal de començar la feina, el Bernat va pensar que a ells tampoc se’ls veia gaire contents amb la seva professió. Però què hi feia, ell, allà? Per què un músic nascut a La Vall Fosca estava talant arbres tan lluny de casa seva? Per què havia hagut de marxar de la caseta on vivia tan feliç amb l'Antònia?

Es va girar donant l'esquena al bosc, va abaixar el cap de nou per mirar les flors i hi va descobrir una papallona monarca. La papallona, com si notés que l’estaven observant, va restar quieta uns segons. Després emprengué el vol precipitadament, d’una manera gairebé violenta, i es va posar a voleiar ràpidament al voltant del cap del Bernat, com si l’intentés marejar. Ell no s’ho explicava, mai havia observat un comportament semblant en un animal. Tot de papallones van aparèixer del no-res i van començar a volar al voltant del seu cap també. Va moure els braços intentant espantar-les, però fou en va.

¡Jefe! ¡Bernardo! ¡¿Qué sucede?!

Les papallones es van desbandar sobtadament. El Bernat es va girar de nou cap al bosc.

–Però què...?

Recordava que en aquell arxiu que li havia donat el seu cap hi deia que la fauna d'aquell bosc era pràcticament inexistent, que no hi havia més que insectes i alguns rosegadors petits. En aquell moment va veure cèrvols, guineus, senglars, i fins i tot un parel d'óssos sortint de les profunditats del bosc i palplantant-se davant dels arbres, barrant-los el pas en una espècie de manifestació pacífica. Les branques més properes s'ompliren d'ocells de diverses espècies. I aleshores, durant un parell de minuts, tots (homes i feres) feren silenci. S'havien quedat paralitzats. Els treballadors que el Bernat supervisava no sabien què fer. Els animals, amb un posat solemne i majestuós, es limitaven a mirar-los fixament. A algú li va semblar una bona idea engegar la seva màquina. Tan bon punt se sentí el rugit del motor, un dels óssos el va acompanyar bramant, i tot seguit començà a trotar cap a aquell que havia gosat posar en marxa l'artefacte. Com si allò fos un senyal, els cèrvols envestiren, les guineus s'abalançaren sobre ells esgarrapant i mossegant, els senglars arremeteren agressivament. Al Bernat no l'atacà cap animal important, només se li acostà un conill que començà a rosegar-li el baix del pantaló. Ell s'esverà, qui sap què podia passar si els óssos o els cèrvols escometien amb massa força; ell era responsable dels seus homes. Què podia fer perquè els animals els deixessin en pau?

–Prou!! –de sobte, una veu que parlava en la seva llengua materna. El Bernat es va sentir estrany, feia tant que no sentia ningú parlar-hi... I només sentir-se el crit, les bèsties van aturar-se i van seure.

Va haver de fixar-s'hi molt per distingir si la figura que emergia ara del bosc era també un animal. Va resultar ésser un home vell, encorbat, extremadament prim. Els pocs cabells que li quedaven els duia esborrifats, la barba li arribava arran de la cintura i anava vestit amb parracs.
Mentre l'ancià avançava cap a ell, el Bernat, sense saber ben bé per què, va començar a sentir una melodia dins el seu cap. Una melodia que recordava haver sentit feia molt i molt de temps, en un circ, o potser en una fira. Dibuixà mentalment un pentagrama, una clau de sol, l'armadura (fa major; si bemoll, per tant) i el compàs (probablement 12/8), i esbossà a grans trets el començament d'aquella peça.

Quan l'home vell arribà just davant seu, la música, en comptes de cessar, va disminuir el seu volum.

–Ets tu el jefe, nano? –li va preguntar llavors.

El Bernat va assentir, perplex.

–Vostè... viu al bosc? –va ser el primer que se li va acudir preguntar-li.

–Doncs sí, vés per on –li tregué importància al tema–. Ni us atreviu a fer mal als animals. Si no els haguéssiu amenaçat no us haurien atacat. Però com sou tan astuts...

El Bernat se sentí desconcertat. Vivia al bosc? Si hi vivia no podien talar-lo, això estava clar. Però per què ningú l'havia avisat d'una circumstància tan important com aquella? És que potser no se n'havien adonat? Quant de temps feia que hi vivia, allà? I per què? I com s'alimentava? I de què vivia? Tot plegat resultava insòlit. Aquell home devia estar senil, com a mínim.

–Sé el que estàs pensant –la veu de l'ancià va interrompre els seus pensaments–. Sé que creus que estic boig. Però pensa-hi: sou vosaltres els que construiu jungles de ciment. Vosaltres, els que inventeu coses que no existeixen. Els que creeu patrons, horaris, calendaris... Els que mesureu el temps com si us hi anés la vida. Vau dibuixar mapes per conèixer els límits de la terra, i des de llavors heu estat bastint fronteres allà on no n'hi ha, pensant-vos que així us organitzareu millor, com si servís d'alguna cosa afegir-hi línies imaginàries. Dirigiu les vostres investigacions a conèixer més del que us envolta, les coses importants i inútils, la ciència, els medicaments, l'espai... I ara sabeu més de la superfície de Mart que de les profunditats del vostre propi oceà. Allò que anomeneu vida (néixer per viure, viure per estudiar, estudiar per treballar, treballar per tenir fills, tenir fills perquè visquin) no és més que una rutina artificial, ridícula i absurda. I quan un “divendres” aneu a ballar i a beure us penseu que trenqueu amb la monotonia i que això us fa lliures, sentiu que aquell “divendres” és la vostra vida vertadera, però no us adoneu que feu el mateix cada “divendres”. Us han fet creure que sou l'animal més intel·ligent, que sou superiors, que esteu al capdamunt de la cadena tròfica, i que això us dóna dret a posseïr la terra, a controlar-la com si us pertanyés, a deformar-la, a pervertir-la, a enverinar l'aigua, la terra i l'aire.... –en aquest punt del seu discurs va sospirar, abatut, i es va girar donant l'esquena al Bernat–. Però heu oblidat que seguiu sent animals, que és la terra la que ha accedit a acollir-vos, i que no només hi viviu vosaltres. Us heu humanitzat tant que heu acabat esdevenint més irracionals que qualsevol de les feres que poblen la terra. Us heu convertit en monstres. I ara només controleu, limiteu, organitzeu... com a màquines. Pensa-hi: sou vosaltres, els que negueu la vostra pròpia naturalesa. Sou vosaltres, els que feu tot això. I ara digue'm: qui és el boig aquí, tu o jo?

Òbviament, el Bernat va romandre en silenci. Se sentia com si fos un nen petit i l'haguessin enxampat robant caramels. L'home foll havia tornat a girar-se, ara encès d'ira, i semblava esperar una resposta.

–Ep! –cridà de sobte– Desperta!

I li clavà una bufetada que li girà la cara. Realment no li va fer massa mal, però el cop el va fer escopir la poca dignitat que li quedava.

–Auu... –va gemegar patèticament mentre es fregava la galta.

L'ancià remugà alguna cosa entre dents. El Bernat sentia massa coses, ara. No havia entès del tot el missatge de l'home vell, no sabia per què li havia dit tot allò a ell, però sentia unes ganes immenses de plorar, de cridar, de tornar-li la bufetada. Sentia que era un inútil, tal i com li recordava l'Antònia tot sovint, i que havia malgastat tota la seva vida. Sentia que no hauria d'haver acceptat aquella feina d'enchufe només perquè li faltaven els diners que la música no li donava. Sentia enyorança de casa seva, del seu violí, de l'Antònia. Se li féu un nus a la gola, se li encongí el cor, se li ompliren els ulls de llàgrimes. Sentia culpabilitat. I al damunt de tot sentia aquella melodia que encara no havia aconseguit identificar.

Però tot i la commoció inicial, aviat va veure molt clar què havia de fer. No serviria de res seguir els passos del senyor vell i viure com un ermità al bosc, aïllat entre oms i flors, protegint-se dels mals humans amb un exèrcit d'animals. No era necessari que es fes vegetarià i sobrevisqués a base d'arrels i bolets com segurament feia ell. No calia ni tan sols que s'afiliés a Greenpeace (o qualsevol altra organització de l'estil) i es comprometés a lluitar aferrissadament per tot de causes amb la finalitat de tornar-li a la Terra la bellesa que els humans malvats li havien robat. No, res d'això. Perquè el senyor foll només li havia dit que visqués.

I de sobte ho va comprendre: aquella cançó no l'havia sentit mai, enlloc.

–Me'n torno a casa, me'n torno ara mateix.

L'ancià li somrigué plàcidament.

–I vostè no es preocupi –continuà el Bernat–, que ja dono l'avís als meus superiors que aquest bosc no el poden talar, que hi viu algú. I gràcies. De tot cor, gràcies.

S'allunyà amb pas decidit. Els treballadors al seu càrrec seguien quiets.

¿Qué hacemos, jefe? ¿Qué le dijo el viejo?

No lo sé, pero yo plego –digué sense mirar enrere–. Diles que me torno a casa, que no vuelvo ya.

Pero el envío... No podemos demorarnos... Bernardo...

Y, por el amor de dios, no volváis a llamarme Bernardo.

I mentre marxava començà a xiular. A la mà encara duia la flor per a l'Antònia.

20 de febrero de 2011

Harry Potter and The Half-Dub Remix

Aquella mañana, Eva Braun se había levantado con la canción Woke up this morning en la cabeza, y ahora, mientras hacía como que tomaba apuntes en clase de Lengua Española, no dejaba de cantarla interiormente. "Porque cuando te levantaste esta mañana todo lo que tenías había desaparecido..."

Miró con desgana a la profesora. La odiaba. La odiaba por haberle suspendido aquella práctica, por cómo estaba llevando la asignatura, por su carácter anodino y porque, a pesar de que nunca le había manifestado sus opiniones políticas, estaba claro a primera vista que era votante del PP.

Eva apoyó una mano en su rodilla y lentamente fue subiendo por su muslo, apartando la falda de volantes negra. Aquella mañana Eva no llevaba una petaca de licor de manzana casero enganchada al liguero, como siempre, sino que al salir de casa había cogido su preciada FIE Titan. La empuñó con decisión. Se levantó, agarró su bolso y su carpeta y pidió a su compañero que le dejara salir, por favor, que tenía prisa. Nadie había notado que tenía la pistola en la mano. Se dirigió a la puerta del aula. Antes de salir se giró para mirar una vez más a la profesora y le disparó en la cabeza.

Entonces oyó gritos, y reinó el caos. Eva miró a una de las chicas que gritaba. Odiaba sus gafas de pasta, su sonrisa, su acento y que creyera que "coqueta" era un adjetivo masculino además de femenino, así que también la creyó merecedora de una bala entre ceja y ceja. Y aquella otra muchacha de allí tenía la nariz demasiado afilada y dientes de caballo; balazo. A su lado un chico algo más mayor, muy repelente, muy sabihondo; balazo. Eva salió del aula. Nadie tuvo el coraje de detenerla.
Al salir observó las pocas personas que habían abandonado sus ocupaciones preocupadas por el sonido de los disparos, y sopesó dispararles también, pero concluyó que no hacía falta: a ellos no los odiaba. Subió al cuarto piso, abrió la puerta del despacho de su profesora de seminario de inglés. Su voz quebradiza y su naturaleza estricta le disgustaban sobremanera. También le voló la tapa de los sesos. Al salir por la puerta principal del edificio se encontró al director del coro de la universidad, un pedante y un mafioso que tenía una percepción de la música absolutamente errónea; le pareció que su cerebro podía quedar bien a juego con las baldosas del suelo.

Durante el trayecto a casa disparó a aquél niñato tan maleducado que trataba tan mal a su madre, y a aquella mujer tan vanidosa, y a aquél niño que no dejaba de llorar. Llevaba más balas en el bolso, cuando se le acabaron simplemente las repuso.

Al llegar a casas sintió el mayor placer del día, fue como si lo que había hecho hasta entonces fuera sólo el preludio de lo que se disponía a hacer ahora. Había estado calentando, era todo un pretexto, se estaba entrenando, ahora venía el plato fuerte. Se cruzó con su hermana en el pasillo, y para variar no se saludaron. A ella la odiaba. La odiaba de verdad. Y la odiaba por tantos motivos que creyó absurdo enumerarlos de nuevo dentro de su cabeza, ya que los repasaba diariamente.

—Eh... —susurró con desgana Eva. Su hermana no se giró— ¡Eh...! —ahora sí—. Te odio.

Y la sangre salpicó la pared. Eva se sintió súbitamente aliviada. Ya no odiaba a nadie más. Ya podía aparcar su FIE Titan y beberse un trago de licor de manzana. Fue al lavabo a lavarse la cara, y para su sorpresa allí apareció una persona que no esperaba encontrarse.

Era una chica. Observándola minuciosamente se dio cuenta de que, efectivamente, la odiaba. La odiaba más que a cualquiera de las personas que aquél día habían degustado las balas de su Titan. La odiaba por amorfa, por gorda, por ser tan asimétrica, por carecer de equilibrio estético. Odiaba sus casi inexistentes pestañas, sus dedos demasiado cortos, sus ojos pequeños, su cara de pan, su pelo lacio, sus innecesariamente desorbitadas caderas, sus piernas cortas y celulíticas. Odiaba cada centímetro de su piel y cada pelo de su cuerpo. Así que sin demasiadas ceremonias le disparó, como había hecho con todos.

Eva esperaba ver sangre, que la chica cayera dramáticamente, que su cerebro se derramara por el suelo. Pero no fue así. La bala sólo rompió el espejo de pared, que cayó en mil pedazos.

Eva tembló de miedo por primera vez en el día. Detrás de ella había otro espejo. Al mirarse volvió a descubrir a aquella chica. Se miró las manos. Era ella. Entonces se dio cuenta de que se odiaba. Se odiaba más allá de lo físico. Se odiaba por ser tan ambigua, por no ser una persona normal, por ser tan envidiosa, por querer ser siempre el centro de atención. Se odiaba por creerse alguien, por creerse especial, por creerse la protagonista de algo grande. Por ser tan dramática, ilusa y egoísta. Pero se odiaba, por encima de todo, por ser tan puta.

Sin más dilaciones, Eva alzó al aire el brazo con el que aguantaba su pistola. Los periódicos dirían que se había vuelto loca y que finalmente la culpa había hecho que se suicidara, nada más lejos de la verdad. Hizo girar el arma dándole vueltas en su dedo por el gatillo, y luego la agarró de nuevo, con decisión, apuntándose justo al centro de la frente. ¿Any famous last words?, susurró para sí. "Owned", así, con acento macarrónico. No titubeó ni por un instante. Cuando sonó el disparo Eva ya estaba muerta.

17 de enero de 2011

Endzeit

Conocí a Vincent un día cualquiera, debido a una gran casualidad. Sonará a tópico, pero al hablarle sentí como si ya nos conociéramos de toda la vida. Él tenía los ojos azules y la piel pálida. Sus rasgos finos y su nariz recta le otorgaban un semblante algo maquiavélico pero muy atractivo. Él me contó que había nacido en Londres (¡no se le notaba nada en el acento!) y había venido a España hacía unos diez años. Tenía una hija de once que se llamaba Noelle. Acabábamos de conocernos, por eso no me atreví a preguntarle por su mujer. Él rehuía el tema, así que supuse que habría fallecido. Yo le conté que mi vida tampoco había sido fácil. No pude remediarlo: al sincerarme con él sobre la reciente desaparición de mi hermana me deshice en lágrimas. Le pedí perdón entre sollozos, probablemente en ese momento debía estar bastante desconcertado ante aquella desconocida que lloraba sin parar. Sin embargo, para mi asombro, él me abrazó sin decir una palabra. Sin saber muy bien qué hacer, correspondí a su abrazo rodeando su espalda con mis brazos.

A partir de entonces todo fue muy deprisa. Durante los días siguientes nos vimos a todas horas. En menos de una semana había conocido a su hija y me había ido a vivir a su casa. Mis padres no daban crédito, y de hecho yo tampoco. Pero lo que yo no podía creerme era que por fin tuviera una historia de amor de verdad. A mí el hecho de que nos hubiéramos dado tanta prisa en empezar una vida juntos me parecía de lo más natural. Si él me quería y yo le quería, no había tiempo que perder. “Carpe diem”, decía él. Carpe diem... En mi vida me había sentido tan feliz.

Vincent y yo salíamos cada día. Íbamos a conciertos, a teatros y al cine. Por la tarde íbamos a buscar a Noelle a la ludoteca a la que la llevábamos esos días de verano para que no se aburriera. Cada noche, Vincent me hacía el amor de la manera más dulce que jamás he experimentado.

La casa de Vincent era grande y espaciosa. Tenía dos baños, dos habitaciones, la cocina, el salón, y... Bueno, había una habitación en la que nunca había entrado. Casi nunca estábamos en casa, y cuando estábamos nos preocupábamos más de otras cosas que no tenían nada que ver con esa habitación misteriosa. Yo estaba siempre con Vincent, así que tampoco tuve la oportunidad de entrar yo sola. Al rememorar el primer día que visité su casa, recordé cómo él me había enseñado todas las habitaciones y había pasado de largo de esa. De todos modos era algo que a mí jamás me había parecido sospechoso, la puerta de ese cuarto estaba siempre entreabierta, nunca cerrada o bajo llave, lo cual me daba un voto de confianza. No quería traicionar ese pacto silencioso que habíamos hecho. Vincent siempre había sido muy reservado respecto a algunos temas... Creí que esa habitación habría sido de su mujer anterior. No obstante, un día mi curiosidad me pudo, y le pregunté por ella.

–Ah, querida –me encandilaba su amanerada forma de hablar–. Empezaba a parecerme raro que no me hablases de ello... Es una sorpresa que te tengo reservada.

Mi rostro se iluminó con una sonrisa. ¿Sería otra habitación para un futuro hijo nuestro? ¿Una sala que estaba preparando para que pudiera pintar mis cuadros? Él sabía que me encantaba y que no tenía espacio para hacerlo. ¿Un rinconcito íntimo para que pudiéramos ver las películas en la lista de “100 películas que ver antes de morir” que habíamos elaborado juntos? ¿O tal vez un nuevo baño con una bañera de hidromasaje...?

–Vincent, por favor, dime qué es... –me arrimé a él, coqueta.

–La verdad es que ya la tengo casi acabada. De hecho, para mañana estará lista. Tengo una idea: mañana, en cuanto me marche a llevar a Noelle a la ludoteca, te despertaré con un beso. Te levantarás, tomarás un buen desayuno y te darás un baño relajante. Entonces ve a la habitación, ponte cómoda y espera hasta que vuelva. Espero que lo que te he preparado sea de tu agrado.

Al día siguiente me desperté e hice lo que Vincent me había dicho. Al llegar a la puerta de la habitación misteriosa me sentí nerviosa, emocionada. Respiré hondo y abrí la puerta del todo. Estaba completamente a oscuras. Extendí una mano y palpé la pared hasta toparme con el interruptor, y lo encendí.

En el techo un fluorescente se encendió después de parpadear unos segundos, emitiendo su característico zumbido, bañando la habitación con su luz blanca y artificial. Sentí frío. Me sorprendió lo mucho que desentonaba esa sala respecto al resto de la casa. Sus paredes estaban absolutamente desnudas, no tenían ventanas, no estaban enyesadas, pintadas o empapeladas. El suelo no estaba embaldosado ni entarimado con parqué. En conjunto parecía el interior de una caja hecha de cemento. La sala era, además, enorme. Desde fuera no me habría imaginado nunca las dimensiones que tenía.

No había tampoco sillas, ni mesas, ni camas, ni bañeras, ni  ningún tipo de mueble. Había, sin embargo, una especie de aparato descomunal que ocupaba más de la mitad del espacio. Al principio no supe de qué se trataba. Constaba de cuatro plataformas metálicas de las cuales salían unos tubos hechos del mismo material. Estaban colocadas formando un cuadrado, cada plataforma era un vértice. De cada una de las cuatro cajas metálicas salía un poste cilíndrico de madera de unos dos metros de alto. Esa especie de mástiles giraban 90º al llegar a su punto más alto, constituyendo así la forma de una L boca abajo. Del extremo de los postes colgaba una cadena que acababa en lo que parecía ser un collar de hierro. Los cuatro mástiles de madera estaban unidos entre sí mediante otros soportes de madera llenos de ganchos, formando una gran X justo en el centro de la habitación.

Me llevé una mano a la boca.

–Oh, dios...

Era una horca. Es más, eran cuatro horcas. No podía creérmelo. No podía explicármelo. ¿Para qué necesitaba Vincent una artefacto para matar? No, tenía que ser todo una broma... Una broma macabra y grotesca.

De repente, rompiendo el frágil silencio que se había formado, oí el sonido de una pistola siendo cargada. Pero había oído cómo Vincent y Noelle se marchaban, ¿quién sería el propietario del arma? Al girarme vi a Noelle, que agarraba el revólver con firmeza y convicción, sin vacilar, apuntándome con el cañón.

–Noelle... ¿Qué haces...? ¿Dónde está Vincent? –me sentí la persona más estúpida del mundo al pronunciar esas palabras.

La niña ni siquiera parpadeó.

–Papi me ha dicho que no deje que te vayas de casa.

En ese momento lo comprendí. Vincent nunca había tratado a su hija como tal. La había entrenado, la había adiestrado como si fuera un perro. Lo tenía todo planeado...

–Noelle... Escucha, no hagas ninguna tontería... Tu padre... Mira, si vamos ahora a la policía no ocurrirá nada malo, pero si haces lo que él te ha dicho tendrás problemas, ¿me entiendes...?

Noelle entrecerró los ojos y me miró fijamente. Seguramente recordó que ella y yo habíamos tenido momentos muy agradables juntas, habíamos jugado y habíamos reído casi como madre e hija.

–Vamos... –susurré– Deja la pistola en el suelo, cielo...

Para mi total sorpresa, lo hizo. Yo me acerqué lentamente a ella. Me agaché para recoger el arma. Justo en el momento en que me despisté y dejé de mirarla a los ojos, ella me empujó al suelo, cogió el revólver y me disparó. Cuatro veces. En el culo.

Proferí un grito animal. Las cuatro balas se habían alojado en mi nalga derecha. Noté cómo se me descolgaba un trozo de carne. Sentí un escozor extremo, y al palparme la zona mi mano quedó empapada de sangre.

–¡JODER! –volví a gritar. Me levanté del suelo como pude–. Noelle... Por favor... Déjame llamar a una ambulancia...

Se lo estaba suplicando. Le estaba suplicando a una niña. Ella se dirigió a mí con indiferencia:

–Está bien. Papi me dijo que podías hacerlo.

Abrí mucho los ojos. No entendía nada de nada. Aún así no iba a cuestionarla, así que salí de la sala de la horca cojeando, siempre con Noelle apuntándome por si me daba por escaparme, y me dirigí al salón, donde estaba el teléfono. Lo descolgué. Uno uno dos. Bip... Bip... Bip... ¿No lo cogían? No lo entendía, tratándose del teléfono de emergencias... A lo mejor en ese momento no tenía acceso a ese número, por algún motivo. Probé con otro. Cero seis uno. Bip... Bip... Bip... No podía ser, algo iba mal... De repente lo entendí. Vincent había cortado toda la comunicación con los principales teléfonos de emergencia, por eso le había dicho a Noelle que me diera permiso para poder llamar: porque no iba a servir de nada. Probé llamando a mi casa. También había cortado esa comunicación. Colgué, consternada. En ese preciso momento sentí una de las sensaciones más horribles del mundo: la de ser terriblemente consciente de que vas a morir.

Al volverme para mirar a Noelle, ella me dedicó su mejor sonrisa. Las heridas de la bala seguían induciéndome un dolor atroz. En ese momento de desesperación, me agarré la cabeza con las manos y entre gimoteos me dirigí de nuevo hacia la habitación donde estaba la horca.

–Papi me dijo que puedes mirar –señaló Noelle.

–¿Mirar? –eso me había confundido– ¿Mirar... qué?

Noelle se encogió de hombros con su sonrisa más inocente, revólver en mano. Todavía con el trasero goteando sangre, me acerqué sin saber por qué a una de las cuatro horcas. Me di cuenta de que no entendía bien para qué servían las cuatro plataformas metálicas que las sustentaban. ¿Por qué eran tan grandes? ¿Y por qué salía un tubo metálico de cada una? Descubrí unas pequeñas bisagras en la cara superior de la caja metálica. Había una pequeña puerta que podía abrirse. “Papi me dijo que puedes mirar”. La abrí. Dentro descubrí un mecanismo extraño, lleno de ejes, sierras y discos afilados. También había restos de sangre y carne. Una trituradora. Me recorrió un escalofrío. “Papi me dijo que puedes mirar”... Me dirigí hacia otra de las horcas, temblando, y levanté la tapa aparato. Y entonces lo vi.

El cadáver de mi hermana. Estaba algo podrido y descompuesto, y de hecho sólo era medio cadáver: de cintura para abajo, aquél cuerpo había sido desmenuzado. Vincent había matado a mi hermana y se había comido la mitad de ella. Intenté reprimir las náuseas... sin mucho éxito. Me dirigí corriendo como pude a un rincón y lo eché todo. Acababa de encontrar la última pieza del rompecabezas. Todo tenía sentido. La “gran casualidad” que me había hecho conocer a Vincent estaba planeada de antemano. Todo era un proyecto perfectamente trazado e ideado. Todo. La casa, la horca, Noelle, mi hermana.

En ese momento algo hizo clic dentro de mi cabeza. De repente vi la luz, era algo en lo que Vincent seguramente no habría reparado, un punto flaco a mi favor. Me dirigí hacia el teléfono de nuevo, precipitadamente. Tenía miedo, pero aquella era mi última oportunidad. Cero ocho ocho. Bip...

Mossos d'Esquadra, digui'm.

Estaba aterrorizada. No podía explicárselo todo. Decidí que iba a decirle lo más importante. Sorprendentemente, a pesar de mi respiración entrecortada, mi voz sonó serena al decir:

–Estoy en el número tres de la calle Argentona, piso segundo, puerta segunda.

Entonces Noelle cortó el cable del teléfono. Biiiiiiiiiip... Fue entonces cuando supe con certeza que ya no tenía ninguna esperanza. Empecé a oír unos pasos que se aproximaban desde fuera de la puerta principal de la casa, el sonido de unos pies ascendiendo por la escalera. Oí vagamente cómo Vincent tarareaba aquella canción tan odiosa que a él le gustaba tanto, mientras sacaba las llaves.

I shoot the lights out...

Yo seguía agarrando el teléfono, que insistía en su infinito “biiiiiiip”. Miraba la puerta fijamente, con una expresión lánguida de derrota y abatimiento. Ésta se abrió. Justo entonces una silenciosa lágrima resbaló por mi mejilla derecha.

25 de octubre de 2010

Carmen Suite: Intermezzo

Sona alguna cosa, però no en sóc gaire conscient. Quan entra, però, l'arpa comença a entonar els arpegis suaus, tendres i lleugers de l'inici de l'Intermezzo de Carmen.
És estrany. És volàtil. És intens.
La flauta porta la melodia, de nou, suau, tendra i lleugera.
Com ell.
Se m'acosta. Solo de corda. "Passió", penso. Passió i dramatisme.
-Hola.
I, tan suau, tendra i lleugera com ha començat, la peça acaba.
Pizzicato final.
-Hola...

20 de marzo de 2010

Carmen, Act 2: Entr'acte

En acabar de sentir les paraules del director, mirà enrere. El cor sencer hi era. Començaren els aplaudiments, i les files d'homes i dones, ordenats segons el registre vocal que els corresponia, anaren passant a l'altar on havien de cantar.

Per algun absurd motiu la noia estava convençuda de que el veuria entre el grup d'homes que cantaven la veu més greu. Que finalment havia vingut, que ja aniria després a despedir-se del seu amic. Que el fet que hi hagués hagut un canvi d'última hora al programa i els hi toqués cantar abans del que estava previst l'havia encoratjat a unir-se al seu cor a l'últim moment. Que en passar pel seu costat li dedicaria un dels seus somriures...

Però no va ser així. I la noia es va maleïr a si mateixa per haver estat tan il·lusa.

El cor s'havia anat colocant en formació durant els segons d'aplaudiments. En aparèixer la directora tornaren a sonar. Es feu silenci de nou. Donà el to.

Era Somewhere over the rainbow, una versió a tres veus traduïda al català.

En començar la cançó, la noia fou envaïda per una sensació que l'embolcallà, que actuà com un bàlsam. Se li van omplir els ulls de llàgrimes. Recordà -qui sap per què- aquella gràfica que mostrava els tres motius pels quals ploren les dones: felicitat, tristesa i ????. I va concloure que aquell moment era un dels ????. O potser no.

Les sopranos desafinaven una mica, però la sensació d'angoixa que sentia i el nus a la gola no van cessar. No era la cançó el que feia que se li omplissin els ulls de llàgrimes, i ella ho sabia. Tot i que tenia bastant a veure. Va ser tot plegat.

S'aixecà sobtadament i se n'anà a la la sagristia. No hi havia ningú. Darrere la porta, repenjada a la paret, deixà que llisquessin les llàgrimes mentre seguia sentint Somewhere over the rainbow, tot i que ara sonava més difuminat, com si el so sortís d'una llauna.




* Why women cryJustificar a ambos lados

29 de julio de 2009

El canto de las sirenas

Pero a veces pienso que lo mejor para mí (y para los dos) hubiera sido que jamás hubiéramos compartido más que dos palabras. Aún así, por aquellos tiempos la pasión me quemaba, ardía dentro de mí. No sé si me explico. Yo sólo tenía ganas de abrazarla, besarla, tocarla, quitarle la ropa... ese tipo de cosas.

Ahora que lo pienso detenidamente, entiendo que se fuera con un músico de jazz. Veréis, yo toco la viola, me dedico a ello profesionalmente, quiero decir. Y cuando ella y yo hacíamos el amor (¡já!)... era como una sonata. La solista era ella, yo más bien me dedicaba a hacer de bajo continuo.

Pero lo cierto es que yo la guiaba, era yo el que marcaba el ritmo. Ella se dejaba llevar, y al principio empezaba con un adagio en el primer movimiento, un adagio lento para torturarla sin piedad, un adagio de esos que avanzan pero no quieren llegar a su destino. Seguía con un andante algo más rápido. Cuando ya no podía aguantarlo más pasaba al allegro... Llegados a este punto sus gemidos se volvían la mejor de las arias operísticas. El sotto voce de sus jadeos del principio se volvía casi un cridato de gritos con glissando incluído. Ella explotaba con el prestissimo del movimiento final.* Y yo me tiraba a su lado y reflexionaba sobre todo y sobre nada a la vez. Entonces ella me miraba, pero no sonreía.

Ahora sé que el problema no era cómo lo hacía, era que no le gustaba mi estilo. Demasiado acurado, demasiado "perfecto" en cuanto a estructura y práctica. Parecía que todo lo tuviera preparado de antemano, parecía que siempre acababa tocando para ella la misma pieza. Como la música clásica. A ella no le gustaba que fuera todo tan "cuadrado", necesitaba cosas nuevas, necesitaba... a alguien que improvisara cada vez que follaran, un ritmo indefinido y "vacilón", una jam session sexual. Saxofonista de mierda.


* Fantasía sinfónica Francesca da Rimini, Opus 32, de Tchaikovsky. (Sólo el último minuto.)

20 de julio de 2009

I cannot see his color

Admito que jamás sintió algo de verdad por mí. Ambos lo sabíamos, pero ella me tenía tan absorto que creo que yo era incapaz de hacer algo para mantener mi dignidad. Era eso, y el hecho de que estuviera profundamente convencido de que jamás podría dejarla. Por muy mal que fueran las cosas. La necesitaba. Llegados a cierto punto, logré admitir que la nuestra no era una relación de amor, ni de odio, ni de indiferencia, ni de afecto, ni siquiera de tolerancia. Era una relación de pura y simple dependencia. Dependencia, claro está, que sentía yo hacia ella, y no viceversa. Creo que he dejado claro el mensaje. Un día comprendí que no podía soportar durante más tiempo aquella situación, y decidí hacer algo al respecto...

Vale, tengo que decir que no la dejé yo, fue ella la que me abandonó para marcharse con un músico de jazz bohemio y seductor, de esos que tienen la voz pastosa y las manos suaves.

13 de julio de 2009

Fog Bound

Por lo menos antes de morir reconoció que nunca antes había sentido nada parecido a lo que entonces sintió por mí. Quién sabe... Quizás incluso sabía que yo la quise de la misma forma. Pero jamás imaginé la eternidad de su sueño de esta manera. Infinitas veces había fantaseado (para alimentar mi masoquismo, más que nada) con que se la tragaba la tierra, con que volaba por los aires, con que las olas la arrastraban hacia las profundidades del mar -que tarde o temprano todo lo devuelve-. Pero ni en mis más oscuras pesadillas podía ni alcanzar a suponer lo que le pasaría...



(A ver cómo acaba esto.)

6 de mayo de 2009

Moonlight Sonata

Y mientras hundía la cara en su pecho, se dio cuenta de que ya no le importaba nada. Ni el tiempo, ni su aspecto, ni lo que pudiera pensar de ella. Sólo necesitaba llorar. Y sus débiles y minúsculos puños agarraban desesperanzadamente la camiseta de él, y a veces ella jadeaba entrecortadamente. Y notaba una de sus manos en su pelo, y sentía que no existía nada, nada... Y eran tantas las lágrimas que la ahogaban, tantas que le dolían los ojos, tantas que pudo haber muerto deshidratada. Pero le daba igual.

Lo que él nunca supo es que con ese llanto liberó muchas cosas, además de las lágrimas.

14 de enero de 2009

Women of Ireland

Mors servat legem

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba allí, y cuando se sentó a mi lado ya era demasiado tarde. No sé por qué no me lo esperaba. El vagón de metro se sacudía con un estruendo cada vez que entraba en un túnel. Al entrar en el siguiente, sin que pudiera detenerla, se arrimó a mi oído.

¿Ves esa mujer? –me dijo, sabiendo que yo también la estaba mirando.

–¿La que está abrazando a su hijo? ¿Qué le pasa?

¿Ves cómo llora?

–Pues… sí. ¿Por qué lo hace?

Tiene cáncer, le quedan cuatro meses de vida. Hoy ha llevado a su hijo al zoo, y mañana pretende llevarlo al circo. No puede soportar el hecho de que no lo va a ver crecer. ¿Y ése hombre? El de allí.

Era un hombre apuesto, vestido con traje y corbata, de esos que no esperas encontrar en el metro.

–Tiene cara de no haber dormido.

Es un mujeriego. No ha logrado establecer nunca una relación de más de dos meses con una mujer. Busca eternamente a una que sea perfecta, sin demasiado éxito. Cada noche visita clubes elegantes y sofisticados intentando encontrar alguna afín a sus gustos, pero no tiene ni idea de que el amor de su vida está en el zoo de Berlín limpiando las heces de los camellos. No la va a conocer nunca, y seguirá manteniendo relaciones esporádicas con mujeres esnobs.

–Pues menudo asco.

Eso cree él. Tiene cuarenta años y está cansado de existir. Lleva una vida triste y vacía, ninguna de las mujeres que puede conseguir le llena. Jamás ha sido feliz. En cuanto bajemos, él se decidirá, saldrá también del vagón y se tirará a la vía cuando venga el siguiente metro. Oh, mira ese anciano. No, ése no; ése.

–El de la barba abundante.

Exacto. Perdió a su mujer hace un par de semanas, y ella era el único miembro de su familia que todavía permanecía con vida. Tuvieron un hijo, pero murió a los veinte de sobredosis. Ahora no sabe qué hacer, y se consuela pensando que ya que está viejo y le quedan uno o dos años de vida (como mucho), por lo menos debe aguantar un poco. Sólo tiene miedo de que, cuando muera, su cadáver se pudra en su piso y lo descubran cuando lleva semanas en descomposición. No quiere importunar a sus vecinos… con el olor, ya sabes. No le gusta molestar. ¿Y esa muchacha? La de negro. ¿La ves?

Era una chica joven. Sonreía patéticamente, embelesada por la luz del fluorescente estropeado que alumbraba de forma intermitente. De vez en cuando soltaba una risita por lo bajo.

–Parece perturbada.

Lo está. Hace unos cuatro o cinco años se enamoró de un chaval. Era el amor de su vida.

–¿Era?

Era. Se amaban de forma casi sobrenatural, se amaban como en los cuentos de hadas. El día treinta y uno de diciembre, él le hizo hacer una promesa: que las primeras palabras que ella dijera en el nuevo año serían para él. Dijo que le hacía ilusión. De ese modo, ella debía permanecer callada a partir de las doce de la noche, hasta que lo volviera a ver.

–Menuda estupidez.

A mí no me lo parece. El caso es que esa misma noche, a las doce, él murió.

–¿Se atragantó con las uvas?

Disparo en la cabeza.

–Vaya.

Se suicidó, nadie sabe por qué todavía. Cuando la chica se enteró lloró muchísimo, se arrancó la mitad del pelo de la cabeza y se dio golpes contra las paredes hasta quedar inconsciente.

–Patético.

A mí no me lo parece. El caso es que lloraba pero no emitía ningún sonido, no sollozaba, no gritaba... no decía absolutamente nada. Estuvo en un hospital psiquiátrico un tiempo, pero concluyeron que no estaba loca, sólo algo trastornada, pero no era algo grave y que pudiera perjudicarla a ella o al resto del mundo. El único inconveniente era que no hablaba, por lo demás, estaba en pleno uso de sus facultades. Y no volvió a hablar nunca más a partir de ese fin de año, y quedará muda de por vida hasta que su amado pueda oír las primeras palabras del año (y los siguientes años, por extensión) de su boca. Se lo prometió.

–¿No lo ha superado?

Ni lo hará nunca. Lo amaba.

Me quedé sumido en mis pensamientos, reflexionando sobre todo lo que acababa de oír. Al cabo de un rato reparé en lo absurdo de la situación, e inquirí:

–¿Cómo sabes todo esto? ¿Los conoces?

La verdad es que no. Me lo estoy inventando todo. Pero te aseguro que no importa que me lo invente: de todos modos, en algún lugar del mundo hay gente que está en las mismas situaciones que te he descrito, y aunque no esté toda reunida en un vagón de metro, existe. Y que no puedas verlos porque no están en el metro no significa que estas cosas dejen de ocurrir. No sé si me explico… Hay vida y muerte a tu alrededor, y lo sabes. ¿Y qué haces? Pagarte un viaje de metro y hacer el recorrido completo por todas las paradas, una y otra vez, sólo para examinar a la gente que sube y baja, intentando adivinar qué clase de vida llevan.

–¿Cómo sabes tú eso?

Llevo observándote desde la parada de Fontana. Volvemos a estar en Fontana, y todavía no te has bajado. Si hubieras quedado con alguien, tuvieras algún recado o algo que hacer, hubieras salido del metro sin importarte que una voz desconocida te estuviera hablando al oído. Tengo la sensación de que has pasado por Fontana unas cuantas veces en lo que va de día.

Me quedé un instante en silencio. Las últimas palabras que dije fueron las siguientes:

–A propósito… ¿quién eres?

Era una pregunta ridícula. Yo sabía quién era ella desde que había notado que estaba tan cerca de mí, sabía quién era incluso antes de que entrara en aquél vagón. Llevaba días siguiéndome, yo ya lo sospechaba. Fue entonces cuando empezó a faltarme el aire. Me giré hacia ella. Todavía no podía verla, no podía ver una voz. Y, una vez más, susurró en mi oído:

Témeme, querido, pues soy la muerte...

Quería gritar, quería respirar, quería jadear… pero no podía. Era como si algo obstruyera mis pulmones, algo terriblemente doloroso. La señora que tenía delante se dirigió a mí en un tono afectado, frunciendo el ceño, y me preguntó si me encontraba bien. Yo apenas la oía. Seguía mirando a Muerte, ella reía. Me di cuenta de que ahora sí podía distinguir cómo era: Muerte no era una persona, no era la moira griega Átropos, no era un shinigami, no era un esqueleto con una túnica negra y una guadaña, ni era ninguna de las representaciones que los humanos, en nuestro afán de personificarla, le habíamos dado. Muerte apareció ante mí como un concepto abstracto, una voz inocente de niña, un miedo profundo y un único destino.

A pesar de que carecía de forma humana, entre mis delirios logré distinguir lo que me parecieron sus ojos, entelados y blancos. En efecto, la vieja Muerte estaba ciega. Comprendí entonces por qué era tan justa en su deber: su ceguera le impedía distinguir si hacía fallecer a una mujer o a un hombre, a un hombre rico o a uno pobre, a un hombre honrado o a uno indecente, a un niño o a un anciano. Todos morían por igual, a sus ojos ciegos todos eran mortales y merecían el mismo destino. Paradójicamente, lo único realmente justo que había en la vida era la muerte. Y aquel día, por puro azar, me había tocado a mí. Muerte no iba a matarme para darme una lección, ni para que me arrepintiera de haber malgastado mi vida viviéndola a través de las desgracias de los desconocidos del metro, no: Muerte iba a matarme por el simple hecho de que había llegado mi hora.

Justo cuando empezaba a cerrar los ojos por última vez, ella me besó.